



Crecí en una familia normal, de padres muy interesados, que me dieron buenos ejemplos de trabajo, de moral y una buena educación. Me educaron también en la religión católica, pero eran respetuosos de nuestras decisiones y búsquedas personales. A los tres años, me caí de un primer piso, estando varios días en conmoción cerebral, y muchos años, bajo tratamientos, más que nada motivados por las preocupaciones de mi mamá. Esta circunstancia me hizo una persona aislada y retraída sobre todo en mi infancia. La adolescencia y juventud, parecían la superación de ese aislamiento, me destacaba en los estudios, me relacioné bien, me casé y tuve hijos. A mis 38 años, transitaba por un momento difícil, con mis hijos pequeños, y arrastrando muchas dolencias, más espirituales que físicas, tuve que internarme, a raíz de unos cálculos en la vesícula. El día de la operación, estuve más de dos horas en el área de quirófano, esperando mi turno, mientras pensaba en el futuro incierto, en el pasado, en mis hijos a quienes amaba entrañablemente y a quienes en más de una vez fallé por mis limitaciones e inmadurez. También tuve miedo por lo que pasara en esa operación, me preguntaba si despertaría de la anestesia, que había más allá de la muerte, si esta llegaba. Le pedí a Dios que, "si existía (así le dije), me saque de esa situación, que sólo quería ver mis hijos grandes". Una vez en la sala de operaciones, los médicos miraban con atención las imágenes de un ecógrafo: me comunicaron que no me operarían, pues no encontraban ninguna piedra que lo justifique. Quede muy impresionada; a partir de ese suceso, hace 21 años, sentí la necesidad de indagar en la relación con Dios, sus propósitos, su carácter y fue el comienzo de grandes cambios. En esas situaciones, las prioridades cambian, y hoy sé que son guiadas por Dios para que aceptemos con humildad su voluntad, que es darse a conocer.
Recuerdo que en esa época, trataba de calmar mis inquietudes y vacíos en la lectura de libros, de filosofía, antropología, etc., y que empezaron a llegar a mis manos, "por casualidad", libros que relataban la conversión de Dostoyevski, la admiración de Sarmiento por La Biblia, la inspiración de Facundo Quiroga, o "La presencia ignorada de Dios.", del psiquiatra Viktor E. Frankl. Para mi educación, lo que no estaba avalado intelectualmente, no era creíble y Dios en su paciencia hacia mí, se estaba mostrando a través de lo que yo podía entender. Estaba tratando conmigo en forma personal: si hubiera sido jardinera, me hubiera hablado por las plantas, y si hubiera sido astrónoma por las estrellas, y si me gustara la música se mostraría en la música y en la historia de J. S. Bach. Tanto nos ama Dios que se hizo hombre, para entendernos! Dios me estaba hablando , también en las circunstancias : al viajar a Suiza por mi trabajo me conecté con un mundo que no conocía: la historia de un cristianismo que atravesó los siglos, cimentado en La Biblia, un libro " extraño" , y bastante ajeno a nuestra cultura, que estaba olvidado en un estante de mi biblioteca, sin que nunca lo hubiera abierto!. Lo abrí y descubrí a un Dios vivo, que las religiones no nos muestran: un Salvador, Jesucristo que nos salva en las grandes y pequeñas situaciones de la vida, y que nos guía aún más allá de la muerte, un Dios perdonador de nuestros pecados. El mayor de todos es el de haberlo ignorado y cambiado por imágenes, fábulas, leyendas, religiones, falsas creencias, ambiciones laborales, búsquedas de dinero, de prestigio, o de poder, cuando El ya nos dio todo cuanto necesitamos. Todas nuestras búsquedas terminan cuando entendemos que Dios nos amó, pues eso es todo cuanto nuestro ser anhela y necesita: ser amados, tal como somos, con errores y defectos, con nuestras limitaciones y deseos conscientes u ocultos, un amor que no nos pregunta por nuestro pasado, que se puso en nuestro lugar: sólo el amor de Jesús. A cambio nos pide muy poco: que lo reconozcamos como Salvador en forma personal, que aceptemos su obra redentora en la cruz, y el misterio de su sangre vertida por nosotros, que nos limpia y nos transforma. Como recompensa nos da Paz, nos da de su Espíritu, de su Gracia, de su Poder, nos da la salud, nos hace abundar en bienes terrenales y espirituales, en dones para ayudar a otros, y en fe para enfrentar las situaciones de la vida, incluyendo la más problemática de todas las situaciones de la vida, que es la muerte. Se cumplen las palabras de Jesús cuando dijo: "Más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas éstas cosas os serán añadidas". San Mateo 6:36.
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