



Mi nombre es Sergio Ruiz Díaz, tengo 25 años y estoy agradecido por la obra que hizo Dios en mi vida y poder contársela hoy a ustedes. Crecí en un hogar muy feliz, en Buenos Aires, con una familia casi perfecta donde no faltaba nada de lo indispensable para vivir bien. Pero todo se desmoronó luego de una mudanza a mi país natal, Uruguay, a mis 7 años. Estuvimos menos de un año, pero bastó para saber lo que eran los problemas familiares.
Mi mamá no se pudo adaptar y se volvió a los 6 meses a empezar de nuevo. Al tiempo yo, y luego mi hermana mayor. La separación de mis padres trajo angustia, la que llevó a buscar la ayuda de Dios por caminos errados como curanderos, videntes, etc.
Así crecía en medio de problemas y situaciones que no entendía y que más tarde repercutieron en miedos, confusiones que me hicieron muy difícil el crecimiento. Con el tiempo no quería estar solo en mi casa y a los 10 años empecé con una especie de fobia a salir a la calle y angustia que no sabía por qué la tenía.
Más tarde los miedos y pensamientos confusos iban creciendo. Pasaban etapas que los tenía y otras en que no, pero cada vez que volvían eran más fuertes. La familia empezaba a restaurarse con el regreso de mi papá, pero aquella felicidad que había tenido de niño, parecía haberse cortado para siempre.
A los 13 años las fobias habían aumentado haciéndome difícil el curso del colegio y un año más tarde era tal la angustia y el desinterés por la vida, que veía como única salida quitarme la vida. ¡Catorce años y ya no me interesaba nada!
Gracias a Dios no tomé tal decisión, pero opté por distraerme y tratar de salir de ese pozo mediante la diversión con mis amigos, el alcohol y probar cosas nuevas. Pero duró poco.
Los miedos volvían hasta el punto que a los 17 años terminé con psiquiatra, quien me recomendó un ansiolítico que regularizaría mi sistema nervioso y con el tiempo sanaría. Las pastillas me sacaron a flote y pensé que por fin sería libre de los miedos, pero más tarde la desilusión llegaría a mi vida nuevamente.
Al año y medio de tomarla, y ya habiendo bajado la dosis, el médico intentó concluir el tratamiento; pero al poco tiempo los miedos aparecieron y todo fue como antes.
Ya no veía solución y comencé a acostumbrarme a vivir infeliz.
Volví al tratamiento, pero los miedos y nerviosismo estaban siempre acosándome, lo que me llevó a buscar por mi propia cuenta la solución a través de una curandera. Donde tampoco encontré la salida.
En el peor punto de mi vida, a los 19 años, donde los pensamientos y confusiones más me atormentaban, decidí probar algo más, donde tal vez encontraría la solución. Recordé que en la adolescencia me habían hablado de Jesucristo. En ese momento no entendí, pero había quedado grabado en mi: "que daba esperanza en los peores momentos de la vida".
Me acerqué a la Iglesia donde hoy me congrego y hablé con La Pastora; ella hizo una oración y desde ese día el pensamiento que tanto me desesperó de chico de no saber quién era y sentirme confundido conmigo mismo ¡nunca más me atormentó!
A los pocos meses el médico probó sacarme el ansiolítico una vez más ¡y esa fue la definitiva! Todo de a poco iba mejorando. Fui conociendo más de la Palabra del Señor y si bien Dios ya había hecho milagros en mi vida, me costaba creer que El pudiese amarme y que tuviese la solución absoluta a todos mis problemas.
Había una dureza en mi corazón y miedo a la desilusión. El Señor seguía obrando en mi vida, pero era tal la costumbre de estar mal todos los días que veía extraño poder un día salir a la calle sin medir la distancia del viaje de regreso a mi casa, o despertar una mañana y no sentir angustia o preocupación por algo.
Hasta que un día leyendo La Biblia encontré un texto que dice: "Ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús". Entonces, comprendí y creí que Él realmente me amaba y no había nada que impidiese que Él lo hiciera. Obró una sanidad en mi interior. Sentí que habían caído varios muros en mi vida.
A partir de ese momento comencé a ver la mano poderosa de Dios en mi vida, al poner mi confianza en Él y saber que no me fallaría. Y así fue. ¡Dios sanó todas las heridas y los miedos desaparecieron! Pude sentir libertad, paz y sobre todo confianza en Él.
Jesús me amó, me sanó y me libró, y sé que si lo hizo conmigo lo puede hacer con todo aquel que acuda confiadamente a Él.
Bendiciones.
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